DISCURSO DEL PRESIDENTE DEL CONGRESO, ARMANDO BENEDETTI, EN HOMENAJE CARIBE
Barranquilla, septiembre 30 de 2010
Yo quiero pensar que no es Armando Benedetti, ni el Presidente del Congreso, quienes hemos logrado convocar a tantas personalidades esta noche. Yo soy, como casi siempre, más optimista. Los ministros, los consejeros presidenciales, los altos funcionarios del Estado, los congresistas y otras personalidades han venido hasta aquí porque son portadores de buenas noticias, porque están reiterando con su presencia en el Caribe el compromiso de sacar adelante el Acto Legislativo y los desarrollos legales subsiguientes, que permitirán que con las regalías y los Fondos de Desarrollo y de Compensación Regional, será posible languidecer, y ojalá acabar, con la pobreza, el atraso y la desigualdad. Gracias a todos ellos.
Y por supuesto gracias a los centenares de barranquilleros y costeños que han venido hasta aquí para testimoniar una vez más nuestro talante de hermanos, de solidarios, de caribeños integrales y entusiastas. Actos como éste comprometen mi gratitud perenne y amplían el tamaño de las responsabilidades que con ustedes establecen mi credencial y el amor que siento por éstas tierras y por quienes las habitan.
Un agradecimiento muy especial para el Comité Organizador, integrado por Antonio Celia, Habib Char, Elsa Noguera, Jaime Pumarejo, Hernán Maestre, Rubén Minsky, Rodolfo Zambrano, Alvaro de La Espriella, Roberto Zabarain y Julio Jácome, y más especialmente aún agradecimientos a sus coordinadores, Maria Patricia Dávila, Rodolfo Zambrano y Sandra Devia, por el enorme esfuerzo y cariño.
Leí en alguna parte que el grado de desigualdad que se tolera en una sociedad, tiene que ver con cuan distintos se considera a los excluidos y explotados. Si recordamos que éste es uno de los 10 países más desiguales del mundo no hay más remedio que concluir que en Colombia consideramos bien distintos a nuestros excluidos.
Uno de los aspectos más insidiosos de la desigualdad es atribuir a las víctimas su propia culpa. El atraso no sería entonces el resultado de unas especificas relaciones de poder, sino la consecuencia de la desidia, la molicie y la irresponsabilidad de quienes la padecen.
Olvidan quienes así piensan, que los atributos individuales tienen un origen social, son producto de una historia social, resultan de procesos históricos colectivos. Semejante interpretación deja por fuera los procesos de explotación y acaparamiento de oportunidades que desempeñan un papel central en la generación de las desigualdades de mayor magnitud.
El propio ejercicio de las destrezas y capacidades individuales está sujeto a procesos de valoración colectiva. La apreciación de la belleza, la inteligencia o el trabajo de alguien es un acto cultural, susceptible de opiniones encontradas, disputas y negociaciones.
Hay, además, una larga historia detrás de esas diferencias, cada vez más complejas y sociales. Porque en ese proceso intervienen el grupo familiar y de parientes, la escuela, la fabrica, los medios de comunicación y muchos otros agentes.
Las élites suelen construir a su acomodo ideologías y discursos repletos de símbolos dramáticos que incluyen los modales, la etiqueta, los modos de vestir, el acento, los patrones recreativos, los modos de caminar, los gustos alimenticios. Todas éstas fronteras, no obstante su vaguedad, su imprecisión y su insidia, acaban determinado el acceso a privilegios y recompensas extraordinarias.
Nosotros sabemos bien aquí en el Caribe, los cuales tienen consecuencias de toda índole en el diagnostico y superación de nuestras desigualdades. Cuando hice un inventario de ellas en el acto de posesión del presidente Santos, no faltaron quienes pretendieron que estaba responsabilizando al gobierno anterior de procesos centenarios de exclusión y atraso!
En los siglos XVII y XVIII, por ejemplo, ya se estaban configurando en la Costa Atlántica las condiciones que después consolidarían y reproducirían la pobreza, la inequidad y el atraso.
La severa reducción de los primitivos habitantes, el escaso poblamiento, las selvas, pantanos, ciénagas, clima y mosquitos habían construido un territorio de fronteras lejos de la mano de Dios, de los conquistadores españoles y de las naciente s elites criollas.
A mediados del siglo XVIII, cuando ya había ocurrido la independencia, el litoral Caribe seguía, de una manera o de otra, bajo control de los Chimilas, de los Cunas, de los indomables Guajiros, de las negritudes cimarronas de los palenques, de los soldados desertores, de piratas en receso y mestizos aventureros.
La república no cambio mucho las cosas. En Bogotá mandaban unas elites que nos veían como seres singulares. Y cualquier Miguel Antonio Caro agradecía a los dioses no conocer el mar y soportar que el horizonte se acabara en Monserrate y Guadalupe. Hasta hoy.
Más allá de éstas circunstancias objetivas que las relaciones de poder, la trama institucional y las estructuras sociales diseñan, están las fantasías grupales que refuerzan la pretensión de algunos grupos a presentarse como mejores que el resto. López de Mesa hablaba a mediados del siglo pasado de la "pereza atávica", la "dejadez fisiológica", la "pereza sensual" y hasta de las deficiencias de "las glándulas endocrinas" del hombre Caribe.
Indalecio Liévano, relatando el vigoroso apoyo de la Costa Caribe a Núñez en las elecciones de 1875, señalaba que desde Bogotá se intentaba desprestigiarle suponiéndolo un agente de "disolventes hábitos costeños" en oposición a la "sana moral de la altiplanicie".
Este discurso de hoy no busca una misericordiosa atenuación de nuestras propias culpas. Nada sucede en la vida sin que comprometa nuestros actos y omisiones. Tampoco exacerbar inútilmente disputas regionales. Se dice para que las reflexiones y decisiones que el país parece estar dispuesto a adoptar, al fin, contra una desigualdad tan centenaria como inaceptable, contemple todas las aristas, naturaleza y alcance de esos procesos de exclusión. Sólo así acertaremos en las soluciones.
Creo que el país no s e ha dado cuenta de las perspectivas de igualación, compensación y redistribución implícitos en el proyecto de Acto Legislativo para modificar el uso y redistribución de las regalías, presentado por el gobierno a la consideración del Congreso de la República.
Las discusiones y tensiones naturales que el reparto de unos recursos siempre establece, la comprensible inquietud y recelo que en las regiones minero -energéticas genera la posibilidad de que puedan disminuirse sus participaciones en el régimen de regalías, y la simultaneidad que incidentalmente se estableció entre estos debates y los que provoca, también muy comprensiblemente, la Ley Estatutaria del Ordenamiento Territorial, han apenumbrado un poco la enorme importancia que los Fondos de Desarrollo Regional y de Compensación Regional podrían tener en la superación de los escandalosos niveles de desigualdad del país.
Antes que nada hay que señalar que un reforma al régimen de regalías es, desde hace años, un imperativo categórico. Esos cuantiosos recursos del Estado, al usarse sin atender las necesidades reales que debían satisfacer y las poblaciones que las padecían, se convirtieron en eficientes gestores de nuevas inequidades. Digámoslo claramente: el actual régimen de regalías es irracional y contraproducente, y requiere ser modificado a la mayor brevedad
Hay que destacar desde el Caribe, que es donde corresponde, el entusiasmo del Presidente Santos por el proyecto de los Fondos de Desarrollo y de Compensación Regional. Es ciertamente un hecho inédito en esa historia repleta de equivocaciones, tensiones y recelos, que ha sido la historia de las relaciones entre el poder central y la provincia desamparada, y más específicamente las relaciones con nuestro litoral Caribe. Y celebrar la acogida que los Gobernadores del Caribe han prodigado al proyecto, así como la decisión del Alcalde Alex Char de establecer una especie de Alta consejería en el Distrito para coordinar con todo el gobierno y el Congreso los asuntos del Fondo de Compensación, y de haberle entregado esa responsabilidad a un joven de la inteligencia y responsabilidad de Jaime Pumarejo.
Desde hace algunos años, científicos sociales como Adolfo Meisel y Armando Galvis, han venido proponiendo desde el Observatorio del Caribe y el Centro de Estudios Económicos Regionales, la necesidad de un Fondo de Compensación destinado a mitigar o extinguir las inmensas desigualdades entre las regiones del centro andino y la periferia colombiana. Debemos a ellos la búsqueda de esa solución justa e inteligente.
El proyecto de acto legislativo no puede, por razones de técnica jurídica y exigencias de estirpe constitucional, ocuparse de la totalidad de las cuestiones que sugiere un cambio en el régimen de regalías y en los mecanismos de distribución de esos recursos. Pero no obstante su carácter general y lacónico, hay que señalar el indudable talante de equidad, igualdad y democracia que anticipa su textualidad, y el que promete la exposición de motivos.
Habrá, por supuesto, que hacer el correspondiente desarrollo legal y yo quiero aprovechar ésta oportunidad para trazar un bosquejo de mano alzada sobre algunos aspectos para mi imprescindibles. Por ejemplo, garantizar a los departamentos y municipios minero-energéticos, que no van a ser víctimas de despojo alguno. En una palabra, garantizarles que sus necesidades serán satisfechas y que recibirán recursos más cuantiosos que el resto.
Antonio Hernández Gamarra, en un texto reciente (que entre otras cosas sugiere que no sería necesario un Acto Legislativo para reformar el sistema de regalías., lo cuál volvería más expedito y tranquilo el transito parlamentario, y que yo sugiero, por eso, estudiar con cuidado), proponía garantizarles a esos departamentos y municipios, y en menor grado al resto, el pago de una canasta social, fijando su costo per capita en términos de salarios mínimos.
De otra parte, a la hora de establecer las formulas de reparto definitivo de recursos de regalía, especialmente en lo que hace referencia al Fondo de Compensación, no se desatienda el factor fundamental que inspiró este esfuerzo, que no es otro que el de reparar las injusticias que la nación cometió contra las provincias de la periferia colombiana.
Hay que tener por ello mucho cuidado en que por la vía de cualquiera de éstos fondos establezcamos nuevos privilegios en cabeza de quienes los han usufructuado, en cabeza de quienes no han sufrido nunca, o han sufrido menos, los rigores de la exclusión y la pobreza. No más ventajas, señor, no más triangulos de oro. Que no haya necesidad de compensar con nuevos privilegios, el que aquí nos hayan compensado, con tardanza imperdonable, el atraso y la pobreza.
Hace un rato mencioné las conspicuas tesis seudocientíficas de López de Mesa. Uno de los más frecuentes estereotipos que se utilizan para dañarnos nos atribuye, también, una especie de desmesura en nuestro gusto por la fiesta. A propósito de éstos temas, menos desvinculados de las rutinas de un discurso como éste de lo que parecería, Armando Benedetti Jimeno, mi padre, un hombre Caribe vinculado entrañablemente, pronunció hace 15 años un discurso en la Plaza de la Aduana en ésta ciudad, del cual no resisto la tentación de leer el párrafo final: "Parece un disparate que yo diga estas cosas hoy, me temo que con la inconsciente y casi idiota pretensión de hacerle saber a los forasteros que aquí también sufrimos y morimos. Que ni la fiesta, ni la sensualidad , ni el paisaje, nos economizan la certidumbre de que hacemos parte de un país repleto de cicatrices, privaciones, injusticias y angustias. Parte de un país que nos sospecha cada vez que nos percibe diferentes, y al cual acaso haya que imponerle superiores indicadores de pobreza para compensar y expiar lo exorbitante del goce.
Que no nos olviden, El gobierno y el Congreso de Colombia tenemos un compromiso muy serio con estas gentes. Con mi gente. Si les cumpliéramos, éste homenaje se habría justificado con creces. Muchas gracias.
Barranquilla, Septiembre 30 de 2010