DISCURSO DEL PRESIDENTE DEL CONGRESO, ARMANDO BENEDETTI, DURANTE LA SANCIÓN DE LA LEY DE VÍCTIMAS
BOGOTÁ - COLOMBIA
JUNIO 10 DE 2011
La vida es el elemento trascendental e imprescindible. El valor de la vida no puede ser transado ni negociado ni sometido a consenso.
Un país que permite la socialización del sufrimiento no es un país civilizado. Ni un país de verdad No podemos escapar de las consecuencias de nuestros actos negando su ocurrencia o escapando a sus inconvenientes.
Cualquiera que sea la etiqueta que le pongamos a nuestras tragedias, es imperativo reconocer que éste es un país cruzado de cicatrices. No hay narrativa ideológica capaz de negar nuestros infiernos. Ni la izquierda ni la derecha tendrán manera de seducirnos a la indolencia definitiva, al olvido o el empobrecimiento de nuestras propias tribulaciones.
Porque el dolor revela una vigorosa capacidad de cercanía y compromiso. El dolor nuestro descubre el de los demás. Y el de los demás, el nuestro. Y como el dolor es la cosa mejor repartida en el mundo, es allí donde todos encontraremos las verdaderas claves del progreso, ese sí, autosostenible.
Esta ley de víctimas, señor Ban Ki Moon, Secretario General de la ONU ---cuya presencia el Congreso, el gobierno, las Cortes, las fuerzas militares y de policía y los ciudadanos agradecemos en todo lo que vale y significa---, inaugura la posibilidad de escuchar, sentir y respetar a quienes han padecido, con más rigor y frecuencia, los riesgos, las privaciones, los rechazos, las desventajas y el sufrimiento. A quienes han muerto sin razón, sin piedad, sin sentido, en una espiral de barbarie y estupidez.
Cómo no evocar a Yolanda Izquierdo y a Ana Fabricia Córdoba y otras víctimas más.
Esta ley abre mecanismos y procesos que nos permitirán explicarnos esos beneficios y apropiaciones asimétricas en nuestra sociedad. También nos permitirá inventariar esas cosas que hicieron posible la vida o la muerte, la paz o la guerra, la tranquilidad o el miedo según los individuos, las etnias, los géneros y las regiones. Y que a partir de allí funcione un nunca jamás verosímil y efectivo.
El país no olvidará, señor Presidente, que usted le abrió avenida a esta Ley refrescante y esperanzadora. Usted está cerrando un largo y oscuro capítulo en el cual millones de colombianos, aquellos a quienes habíamos dañado y ofendido, se conviertan en no -sujetos de su propia historia.
Esta Ley es, además, hija legitima de la fuerte y eficaz voluntad política de un Congreso que ha cumplido con su tarea. El mismo Congreso al que a veces se le atribuyen todas las culpas, al que se le coloca siempre, con justicia o sin ella, como el trompo de poner en el juego de las cuotas de responsabilidad, es el que hizo posible una discusión inteligente, cautelosa y productiva de asuntos tan cruciales y sensibles. El Congreso, señor presidente, se merece ese reconocimiento de los ciudadanos.
Y no sólo por la ley de víctimas. Lo merece también por su actuación durante toda la legislatura y en el análisis de todo los complejos temas de la agenda. La Ley de Regalías, por ejemplo, incorporará a las regiones más vulnerables del país a los recursos fiscales, a la inversión pública y al desarrollo social. Ya era hora de que la única igualdad posible no fuese la del infierno.
Yo vengo, señor presidente de una hermosa región de Colombia en la que se acumulan y aglutinan casi emblemáticamente todas nuestras tragedias. En los Montes de María, en la subregión del Golfo de Morrosquillo, en la Mojana, en el Cesar y en la Guajira, distintas violencias, despojos y éxodos construyeron durante muchas décadas ese infierno.
Cualquiera que sea la gran narrativa que explique las causas de esa tragedias, siempre complejas y múltiples, lo que importa es rehacer, a veces desde cero, un país de amor a la vida, respeto a las personas y paz duradera. Ya no más recetas de cólera, de rabia, de iras y crispaciones. Reconocer y reparar a nuestras víctimas. Y reconocer y reparar las legendarias desigualdades de las regiones y de las personas, es una buena manera de avanzar hacia una Colombia más amable, más moderna, más competitiva y más respetada.
Yo no quiero estirar más éste discurso ni mi protagonismo en éste evento. Con sincera humildad yo quisiera terminar diciendo, frente a las otras ramas del poder público, frente a los medios y los ciudadanos, que estoy orgulloso de pertenecer a un Congreso al que se le puede reconocer y atribuir, por lo menos, el haber contribuido significativamente al buen suceso de construcciones legislativas de gran incidencia sobre el futuro del país.
Muchas gracias.