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Discurso del senador, Armando Benedetti, “Ideas liberales en el siglo XXI."

DISCURSO DEL SENADOR, ARMANDO BENEDETTI, "IDEAS LIBERALES EN EL SIGLO XXI."

BOGOTÁ - COLOMBIA

DICIEMBRE 10 DE 2011

La invitación que las directivas del partido Liberal hiciera a dirigentes políticos de otros partidos y organizaciones sociales para participar en esta Constituyente, causó perplejidad y controversia. Aún más el hecho de que algunos hubiésemos aceptado esa invitación y hacernos presentes en éste importante evento político.

No veo en principio razones para temer el dialogo entre quienes militamos en partidos diferentes. La tentación de concebir la política como un ejercicio de organismos aislados y adiestrados en temer y sospechar del dialogo no parece articular bien con las complejidades del país, ni con la crisis de los partidos, ni con los acuerdos sistemáticos alrededor de la llamada Mesa de Unidad Nacional.

Es como si resultara plausible y legítimo que los partidos podamos establecer ese dialogo y convertirlo en acuerdos legislativos, pero a condición de que tales tareas se cumplan mediante convocatoria y facilitación del gobierno. El Senador Benedetti puede reunirse con la dirigencia y la bancada liberal, conservadora y de Cambio Radical en procura del buen suceso de los trámites parlamentarios, pero no podría ni debería intentarlo si el gobierno y la agenda parlamentaria no sufren tribulaciones mayores que sugieran su convocatoria. Sin duda un disparate.

Pero en realidad es otra cosa lo que preocupa y desvela a algunos dirigentes políticos: la posibilidad de que la invitación y nuestra presencia es éste evento esté abriendo las puertas y estimulando un proceso de reunificación liberal. Estoy en la obligación de asumir públicamente hoy aquí que no se equivocan, que esa posibilidad subyace el acontecer de ésta Constituyente.

Como ciudadano, como miembro del Congreso y como dirigente del partido de la U, sin esguinces, secretos ni dobles militancias, estoy interesado en que se debata esa posibilidad. No tengo ninguna elaborada decisión sobre el tema. Y es precisamente porque no la tengo que me interesan la reflexión y el debate.

No creo que sea muy pertinente esquivar un debate serio sobre los partidos. Entre otras cosas porque todo va mal en nuestros partidos. Digámoslo con mayor precisión: todo va mal en todos los partidos políticos del planeta tierra. El desprestigio de la política y de los partidos nos arrebató hace mucho tiempo la calidad de sujetos de la política, de actores principales de lo político.

Muchos factores han contribuido a ese fenómeno. Pero no hay duda de que los procesos estructurales de la más reciente historia contemporánea agotaron y clausuraron aquel patrón de comportamiento político según el cuál la política giraba en tono a las acciones y omisiones del Estado.

El desplazamiento desde el Estado hasta la matriz del mercado, convertido en el eje de la nueva historia, debilitó y a veces arrasó las viejas lealtades y los vínculos que con los actores sociales mantuvieron los partidos políticos durante el siglo XX. Los partidos buscaron apoyos más amplios e indiferenciados para lo cual empobrecieron sus compromisos ideológicos. Fue la muerte del Estado social y la privatización de los ámbitos económicos, sustraídos desde entonces de la política y de lo público.

Asistimos a una profunda deformación de las instituciones representativas y una crisis del arraigo social de los partidos, todo lo cual ha provocado, como le leí alguna vez a alguien, que los partidos se convirtieran en taxis para llevar pasajeros al poder y a los ejercicios cortesanos.

En los últimos años hemos sido testigos de la creciente conversión de los movimientos sociales en actores políticos. El fenómeno ha sido atribuido, con notable ligereza, al auge y apogeo de las redes sociales. Como si la eficacia de un medio de comunicación pudiese explicar fenómenos sociales de alta complejidad.

A mi juicio, el fenómeno debe atribuirse a dos eficientes factores: la incorporación del cuerpo a la vida política y a la recuperación de la calle y los espacios públicos como derecho y como vehículo contestatario.

En vez de la virtualidad de las comunicaciones, el tercer milenio nos encuentra redescubriendo nuestro propio cuerpo, que así no es ya una cosa biológica sino una construcción cultural y política. Vamos con nuestro cuerpos, y cuerpo a cuerpo, a las calles, a protestar y exigir en vez de sentarnos frente al computador o la televisión. El cuerpo como representación, como símbolo, como instrumento político. Como diría el poeta W.B Yents, "solo podemos creer en aquellos pensamientos que no han estado concebidos en el cerebro sino en todo el cuerpo"

Esa hermosa epifanía d el cuerpo ocurre además en la calle. La necesidad de salir a la calle nace mucho antes de la conquista del sufragio universal. Paolo Flores d´Arcasis decía (1) que "garantizar el orden público significa, en primer lugar, garantizar el derecho de los ciudadanos a manifestarse en las calles". Todos los grandes estremecimientos de la historia universal tuvieron como escenario el tumulto callejero, la protesta espontanea, libre y desordenada de los espacios del vecindario o la centralidad.

Después de Mayo del 68 todo parecía indicarnos que la escena política era propiedad privada de la televisión. Buena parte del deterioro de la política, su descrédito, la supresión del ciudadano como sujeto del acontecer político, estaba, está, estrechamente vinculado con el auge tremendo de la televisión. Los primeros balbuceos del internet parecieran sugerir que la profecía de una democracia de ciudadanos con cuerpos que debían ocultarse, silenciarse e ignorarse, la profecía del triunfo definitivo de las democracias mediáticas, el apogeo de las encuestas que sustituían al soberano, estaba próxima a cumplirse.

Pero ahora resulta que las decisiones se toman en las calles. Nos gusta pensar que esos son fenómenos provisionales, caóticos, perecederos. Fingimos ignorar que como nunca, hay episodios que se están decidiendo por fuera de las instituciones de la democracia formal, del capitalismo y de las elites financieras. En 2004 en España, fueron los ciudadanos en las calles quienes decidieron 2 veces la suerte del gobierno. Primero manifestando contra la participación de ese país en la invasión a Irak y después, la víspera de las elecciones, y en contra de especificas prohibiciones, manifestando frente a las sedes del P.P las mentiras del gobierno en la manipulación de los hechos del atentando terrorista de Madrid.

De alguna manera toda la confusión y perplejidad que exhiben los gobiernos Europeos frente a las crisis económicas , está atravesada por unos indignados que en Grecia, en España, en toda Europa, no están dispuestos a seguir en el papel de víctimas silenciosas y resignadas de un sistema financiero que otorga recompensas a los sectores responsables de la crisis y castiga a quienes la pagan y la padecen.

Los partidos tenemos la responsabilidad de, por un lado, proteger el accionar de esos movimientos sociales, actores principales de la nueva escena democrática y, por el otro, recuperar para nosotros mismos el protagonismo perdido. No se trata de impedir, sofocar o competir los movimientos sociales, sino por el contrario, servir de complemento a la sociedad civil para una más rápida y eficiente consolidación de esas demandas en los escenarios formales de la decisión política.

El ejercicio de perpetuar la asfixia y el descrédito de los partidos es una trampa de quienes quieren remplazar la política con los negocios. El ejercicio intencional de una democracia sin partidos es parte de una estrategia para inducir la democracia al suicidio. Porque como ha sido dicho tantas veces, el vacio de los partidos es llenado con mafias, con pandillas, con capillas, con negocios.

Yo no se si la unión de algunos de los sectores que integran la Mesa de Unidad Nacional sea o no procedente. Pero si lo fuera, y lo que es más importante, aun sino lo fuera, hay tareas imprescindibles que los sectores democráticos de todos los partidos estamos en la obligación de asumir y estimular.

Me refiero, por ejemplo, a que la Mesa de Unidad Nacional sea convertida en algo más que un instrumento interpartidista y parlamentario para facilitar la agenda legislativa del gobierno.

Esta Constituyente habría cumplido satisfactoriamente con su razón de ser y sus propósitos, si de aquí saliera un organismo político permanente, encargado de inventariar las posibilidades más efectivas que tendrían los partidos para enfrentar su propio cansancio, su propia deslegitimación, su propio desprestigio. Qué cosas habría que hacer para restablecer su perdida representación. Como combatir los personalismos, las practicas clientelares y la corrupción.

Y por supuesto definir unos perfiles ideológicos progresistas, democráticos, jóvenes, modernos, socialmente comprometidos, que le den a éstas tentativas de unidad una legitimidad política, una razón de ser y un norte.

Que esto no sea una jugarreta y un cálculo de ambiciones personales, de candidaturas precoces, de codicias. El país está cansado de eso. Lo que el país quiere es un elocuente mea culpa de nuestros partidos. Un sonoro nunca más. Un propósito de enmienda. Una contrición de corazón. Un compromiso, en fin, para ponerle punto final a esa política que hace de Colombia uno de los tres países más injustos y desiguales del mundo. Un compromiso con los débiles, los vulnerables, los excluidos. Digámoslo de una vez, un compromiso con los indignados, de los que así haríamos parte!

Muchas Gracias.