Sala de prensa

Reforma a las Regalías repara las injusticias contra la periferia colombiana: Benedetti

 

Barranquilla, 30 de septiembre de 2010 (Oficina de Prensa del Senado) -Una nueva voz de respaldo al proyecto de Acto Legislativo que promueve el Gobierno en el Congreso para reformar el Sistema General de Regalías, hizo el presidente del Senado, Armando Benedetti Villaneda, al reconocer que "el   actual   régimen es irracional   y   contraproducente y requiere ser modificado a la mayor brevedad".

Benedetti Villaneda pidió, sin embargo, que a la hora de establecer las fórmulas de reparto definitivo de recursos, especialmente en lo que hace referencia  al  Fondo de Compensación, "no se desatienda este  esfuerzo, que  no es otro  que  el de reparar las  injusticias que la nación cometió contra las provincias de la periferia colombiana".

El presidente de la Corporación habló en Barranquilla, durante el homenaje que le tributaron diversas organizaciones cívicas, gremiales y sociales de la Costa Caribe, y al hacer un análisis de un nuevo panorama para la distribución de las regalías pidió al Gobierno, "garantizar suficientes recursos a los departamentos y municipios minero-energéticos para que no vayan a ser víctimas de despojo alguno". 

Benedetti observó que hay que tener "mucho   cuidado   en   que   por la    vía   de cualquiera de éstos fondos se establezcan nuevos privilegios en cabeza de quienes los han usufructuado, en cabeza de quienes no han sufrido nunca, o han  sufrido menos, los  rigores de la  exclusión y la   pobreza".

Por los acontecimientos de última hora en Ecuador, el presidente Juan Manuel Santos, canceló su presencia en el evento y   estuvieron  los ministros del Interior y de Justicia, Germán Vargas Lleras y de Minas y Energía, Carlos Rodado Noriega, los senadores Álvaro Ashton, Piedad Zuccardi, Efraín Cepeda y Miguel Elías Vidal, entre otros, además de dirigentes gremiales, empresariales, directores de medios de comunicación, investigadores sociales en la Universidad del Norte, donde según observadores ingresaron un poco más de mil personas.

DISCURSO DEL PRESIDENTE DEL CONGRESO, ARMANDO BENEDETTI, EN HOMENAJE CARIBE

Barranquilla, septiembre 30 de 2010

Yo  quiero pensar   que  no  es  Armando Benedetti,  ni el  Presidente  del  Congreso, quienes hemos logrado convocar  a  tantas  personalidades esta  noche.  Yo soy,  como  casi  siempre, más  optimista. Los  ministros, los consejeros presidenciales, los altos funcionarios del Estado, los  congresistas  y otras  personalidades han  venido  hasta aquí  porque  son portadores  de buenas  noticias, porque   están  reiterando  con su  presencia  en el  Caribe  el compromiso  de sacar  adelante el  Acto Legislativo y los desarrollos legales subsiguientes,  que permitirán que con las regalías y los Fondos  de Desarrollo y  de Compensación Regional, será  posible languidecer,  y ojalá acabar,  con la pobreza,  el atraso  y la  desigualdad.  Gracias a todos  ellos.

Y por supuesto gracias a los centenares de  barranquilleros y costeños  que han venido hasta aquí para testimoniar una vez más nuestro talante de hermanos, de solidarios,  de caribeños integrales y entusiastas. Actos como éste   comprometen mi gratitud  perenne  y amplían el tamaño de las  responsabilidades que con ustedes  establecen mi credencial  y el amor que siento por éstas  tierras y por quienes  las  habitan.

Un agradecimiento muy especial para  el  Comité Organizador, integrado por Antonio Celia, Habib Char, Elsa Noguera, Jaime Pumarejo, Hernán Maestre, Rubén  Minsky, Rodolfo Zambrano, Alvaro de La  Espriella, Roberto  Zabarain y  Julio Jácome, y más especialmente aún agradecimientos a sus  coordinadores,  Maria  Patricia  Dávila,  Rodolfo  Zambrano y Sandra Devia, por el enorme  esfuerzo  y  cariño.

Leí  en alguna parte que el grado de desigualdad que se tolera en una sociedad, tiene que ver con cuan distintos se  considera  a los excluidos y explotados. Si recordamos que éste es uno de los 10 países más  desiguales del mundo no hay más remedio que concluir que en Colombia consideramos bien distintos a nuestros excluidos.

Uno  de los aspectos más insidiosos de la desigualdad es atribuir a las víctimas su propia culpa. El atraso no sería entonces el resultado de unas especificas relaciones de  poder, sino la consecuencia de la desidia, la molicie y la  irresponsabilidad de quienes la padecen.

Olvidan quienes así piensan, que los atributos individuales tienen un origen social, son producto de una historia social, resultan de procesos históricos colectivos. Semejante  interpretación deja por fuera los procesos de explotación y acaparamiento de oportunidades que desempeñan un papel central en la generación de las  desigualdades de mayor magnitud.

El propio ejercicio de las destrezas y capacidades  individuales está sujeto a procesos de valoración colectiva.  La apreciación de la belleza, la inteligencia o el  trabajo  de alguien  es un acto  cultural,  susceptible  de  opiniones encontradas, disputas y negociaciones.

Hay, además, una larga historia detrás de esas diferencias, cada vez más complejas y sociales. Porque  en ese proceso intervienen el grupo familiar y de parientes, la escuela, la  fabrica, los medios de comunicación y  muchos otros  agentes.

Las élites suelen construir a su acomodo ideologías y discursos repletos  de  símbolos  dramáticos  que  incluyen los modales, la etiqueta, los  modos de vestir, el acento, los  patrones  recreativos, los  modos de caminar, los  gustos alimenticios. Todas éstas fronteras, no obstante  su vaguedad, su imprecisión y su insidia, acaban determinado el acceso a privilegios y recompensas  extraordinarias.

Nosotros sabemos bien aquí en el  Caribe, los cuales tienen consecuencias de toda índole en el diagnostico y superación de nuestras desigualdades. Cuando hice un inventario de ellas en el acto de posesión del presidente Santos, no faltaron quienes pretendieron que estaba responsabilizando al gobierno anterior de procesos centenarios de  exclusión y atraso!

En los  siglos  XVII  y  XVIII, por  ejemplo, ya se estaban configurando en la Costa Atlántica las condiciones que después consolidarían y reproducirían la  pobreza, la inequidad  y el atraso.

La severa reducción de los primitivos habitantes, el escaso poblamiento, las selvas, pantanos, ciénagas, clima y mosquitos habían construido un territorio de fronteras lejos de la mano de Dios, de los  conquistadores españoles y de  las naciente s elites  criollas.

A mediados del siglo XVIII, cuando ya había ocurrido la independencia,  el litoral Caribe seguía, de una manera o de  otra, bajo control de los Chimilas, de  los Cunas, de los  indomables Guajiros,  de las negritudes cimarronas de los palenques, de los soldados desertores, de piratas en receso y mestizos aventureros.

La república no cambio mucho las cosas. En Bogotá mandaban unas elites que nos veían como seres singulares. Y cualquier Miguel  Antonio Caro agradecía a los  dioses no conocer el  mar y soportar que el horizonte se acabara  en Monserrate y Guadalupe.  Hasta  hoy.

Más allá de éstas circunstancias objetivas  que las relaciones de poder, la  trama  institucional y las estructuras  sociales  diseñan,  están  las  fantasías  grupales  que refuerzan  la pretensión de algunos grupos a presentarse como mejores que el resto. López de Mesa hablaba a mediados del siglo  pasado  de  la  "pereza atávica",  la  "dejadez  fisiológica",  la  "pereza  sensual"  y  hasta de las deficiencias de "las glándulas  endocrinas"  del  hombre Caribe.

Indalecio  Liévano,  relatando el  vigoroso apoyo  de la  Costa Caribe a  Núñez en las elecciones de 1875, señalaba  que  desde   Bogotá  se   intentaba  desprestigiarle suponiéndolo  un agente  de  "disolventes  hábitos  costeños"  en oposición  a la  "sana moral  de la   altiplanicie".

Este  discurso  de  hoy no  busca  una  misericordiosa  atenuación de nuestras  propias  culpas.  Nada   sucede  en la  vida  sin   que   comprometa  nuestros actos  y  omisiones.  Tampoco exacerbar  inútilmente  disputas regionales.  Se  dice  para   que las  reflexiones y  decisiones  que  el país parece estar  dispuesto  a  adoptar,  al  fin,  contra  una  desigualdad tan centenaria   como  inaceptable,   contemple    todas  las  aristas,  naturaleza  y  alcance  de   esos  procesos  de  exclusión.  Sólo  así   acertaremos  en las  soluciones.

Creo  que  el país  no s e ha  dado cuenta  de  las   perspectivas  de igualación,  compensación  y  redistribución  implícitos  en el   proyecto  de   Acto  Legislativo  para  modificar el  uso y  redistribución  de las regalías,   presentado   por el   gobierno  a la  consideración  del  Congreso  de  la  República.

Las  discusiones   y   tensiones   naturales  que  el  reparto de  unos   recursos  siempre  establece,  la    comprensible  inquietud  y   recelo  que   en las  regiones   minero -energéticas  genera  la   posibilidad  de   que puedan disminuirse sus  participaciones en el  régimen  de regalías,  y la simultaneidad que incidentalmente  se  estableció  entre  estos  debates y los  que provoca,  también  muy   comprensiblemente, la   Ley  Estatutaria del  Ordenamiento Territorial,  han  apenumbrado  un poco la  enorme  importancia  que los  Fondos de Desarrollo  Regional  y de  Compensación  Regional   podrían   tener   en la  superación  de  los  escandalosos  niveles  de  desigualdad  del país.

Antes que  nada hay que  señalar   que  un   reforma  al   régimen  de  regalías  es,  desde  hace   años, un  imperativo categórico.   Esos  cuantiosos   recursos   del  Estado,   al   usarse   sin  atender  las  necesidades   reales  que   debían  satisfacer   y  las   poblaciones   que las  padecían,  se   convirtieron  en  eficientes  gestores  de  nuevas  inequidades.  Digámoslo claramente: el  actual  régimen de regalías es irracional  y  contraproducente, y requiere ser  modificado  a la  mayor brevedad

Hay  que  destacar  desde   el  Caribe,   que es  donde corresponde,  el  entusiasmo  del  Presidente  Santos   por el  proyecto  de los  Fondos  de  Desarrollo   y  de   Compensación  Regional.   Es  ciertamente   un hecho  inédito  en  esa  historia  repleta  de  equivocaciones,  tensiones  y  recelos,  que ha  sido la    historia  de las  relaciones entre  el  poder  central  y la   provincia  desamparada, y  más  específicamente las  relaciones  con nuestro litoral  Caribe.   Y  celebrar  la  acogida   que los  Gobernadores   del Caribe  han  prodigado al  proyecto,  así  como la  decisión  del  Alcalde  Alex  Char  de  establecer  una  especie de  Alta consejería en el  Distrito  para  coordinar con todo  el  gobierno y el Congreso  los  asuntos  del  Fondo  de  Compensación, y  de haberle entregado esa responsabilidad a  un joven de la  inteligencia y responsabilidad  de   Jaime  Pumarejo.

Desde  hace   algunos  años,  científicos  sociales  como Adolfo Meisel  y Armando Galvis,  han   venido  proponiendo  desde   el  Observatorio  del Caribe  y  el   Centro  de   Estudios  Económicos  Regionales,  la   necesidad  de   un Fondo  de  Compensación  destinado  a  mitigar   o extinguir  las inmensas  desigualdades  entre  las   regiones  del  centro  andino y la  periferia  colombiana.  Debemos  a  ellos  la  búsqueda de  esa  solución  justa  e  inteligente.

El  proyecto  de  acto   legislativo  no puede,  por razones  de  técnica  jurídica   y  exigencias  de  estirpe  constitucional,   ocuparse  de  la   totalidad de las  cuestiones   que   sugiere   un cambio  en el   régimen   de   regalías  y  en   los   mecanismos  de   distribución  de  esos   recursos.  Pero  no obstante  su   carácter  general   y  lacónico,  hay  que  señalar   el   indudable   talante   de  equidad,  igualdad  y  democracia   que  anticipa   su  textualidad,  y  el  que  promete  la  exposición de  motivos.

Habrá,   por supuesto,  que   hacer   el   correspondiente  desarrollo  legal   y  yo  quiero  aprovechar ésta   oportunidad  para   trazar  un  bosquejo  de   mano alzada  sobre   algunos  aspectos   para   mi   imprescindibles.   Por  ejemplo, garantizar a los  departamentos  y  municipios  minero-energéticos,  que  no   van   a  ser  víctimas  de  despojo  alguno. En una palabra, garantizarles que sus  necesidades serán  satisfechas  y  que  recibirán  recursos  más  cuantiosos  que  el resto.

Antonio   Hernández  Gamarra,  en un texto reciente   (que  entre  otras   cosas  sugiere   que   no  sería  necesario  un Acto  Legislativo  para  reformar  el   sistema  de   regalías.,  lo  cuál  volvería más  expedito  y tranquilo  el  transito  parlamentario,  y que   yo  sugiero, por eso,  estudiar  con cuidado),    proponía  garantizarles   a  esos   departamentos  y  municipios,   y  en  menor  grado  al  resto,   el  pago   de   una canasta  social,  fijando   su  costo per  capita  en  términos  de  salarios  mínimos.

De   otra   parte,  a la hora  de  establecer las formulas  de   reparto  definitivo  de   recursos  de   regalía,  especialmente  en lo  que   hace  referencia  al  Fondo  de  Compensación,   no se  desatienda  el  factor  fundamental  que   inspiró  este   esfuerzo,   que   no es   otro  que  el  de  reparar  las   injusticias  que   la nación cometió   contra   las   provincias  de la   periferia   colombiana.

Hay   que  tener   por ello  mucho  cuidado  en  que  por la   vía  de   cualquiera  de  éstos   fondos  establezcamos  nuevos   privilegios   en  cabeza  de   quienes   los   han  usufructuado,   en  cabeza  de quienes no han  sufrido  nunca,  o    han  sufrido  menos,  los   rigores de la  exclusión   y la  pobreza.   No  más  ventajas, señor, no más   triangulos  de  oro.   Que  no haya necesidad  de  compensar  con nuevos  privilegios,  el   que  aquí  nos hayan compensado,  con  tardanza  imperdonable, el atraso y la pobreza.

Hace un   rato  mencioné   las   conspicuas  tesis   seudocientíficas  de  López  de   Mesa.  Uno  de los  más   frecuentes   estereotipos  que  se   utilizan  para   dañarnos   nos  atribuye,   también,  una  especie  de  desmesura  en   nuestro  gusto  por la  fiesta.   A   propósito  de   éstos  temas,   menos  desvinculados  de  las  rutinas  de   un discurso  como   éste  de lo  que  parecería,  Armando  Benedetti  Jimeno,   mi  padre,  un hombre Caribe vinculado  entrañablemente,  pronunció  hace  15  años  un discurso   en la   Plaza de la Aduana  en  ésta  ciudad,  del  cual  no  resisto la  tentación  de leer  el   párrafo  final:  "Parece  un disparate que  yo diga  estas  cosas hoy, me  temo  que  con  la  inconsciente y casi  idiota   pretensión  de  hacerle   saber   a los  forasteros  que aquí también sufrimos  y morimos.   Que ni la fiesta, ni  la  sensualidad , ni el  paisaje,  nos  economizan  la  certidumbre   de que  hacemos  parte de un país repleto  de cicatrices,  privaciones, injusticias  y  angustias.   Parte  de   un país  que  nos  sospecha  cada  vez  que  nos  percibe  diferentes,  y al cual  acaso haya  que  imponerle   superiores  indicadores  de pobreza  para  compensar y expiar lo exorbitante del goce.  

Que no  nos  olviden,  El  gobierno y el  Congreso  de  Colombia  tenemos  un compromiso  muy serio  con estas gentes.  Con mi gente. Si les cumpliéramos,  éste  homenaje  se  habría  justificado con creces. Muchas  gracias.

Septiembre 30 de 2010- 217